Últimas imágenes del naufragio

 

Argentina, Entrenadores

Naufragio.

Cuatro jornadas antes de que finalice el Torneo Apertura, Ángel Cappa presentó su renuncia como entrenador de Huracán. El entrenador nacido en Bahía Blanca, que estuvo a punto de coronarse campeón del último Torneo Clausura, puso punto final a su utopía quemera con una frase que vuelve a ponerle en el centro de la polémica.

Una vez más, pese a que otro de sus proyectos deportivos se hunde, el estratega vuelve a autoproclamarse como uno de los pocos exponentes o representantes del sentimiento y la identidad del fútbol argentino. Ángel Cappa al 100%.

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Ángel Cappa y su monumento

 

Entrenadores

Ángel Cappa, entrenador del Club Atlético Huracán.

“Si sigo confiando, me van a hacer el monumento al idiota”, sentenciaba Ángel Cappa antes del inicio del actual Torneo Apertura al ver que -pese a las promesas de los dirigentes de Huracán- el primer equipo del Globo iba quedando desmantelado, luego de una gran campaña durante el primer semestre de 2009 y la obtención del subcampeonato en el Clausura. Lo gestado por el cuerpo técnico del club de Parque de los Patricios en el primer semestre del año fue -sin dudas- merecedor de todos los reconocimientos posibles y del más reluciente de los monumentos en el sector más noble del Tomás Adolfo Ducó.

El domingo el bahiense regresó con su equipo al estadio José Amalfitani, donde hace poco se ahogó el grito de campeón del colectivo quemero. Los fantasmas de esa final perdida ante Vélez volvieron a sentarse en la Platea Norte de la cancha mundialista del barrio de Liniers para incendiar el ánimo del entrenador de Huracán, quien -de una manera preocupante y, lamentablemente, cada vez más frecuente- volvió a perder los papeles y a dejar en suspenso todo lo que ha volcado a lo largo de su prolongada carrera en los terrenos de juego, en las páginas de la prensa escrita, y en los micrófonos de emisoras de radio del continente americano y España.

Este Cappa reaccionario, irracional y -creo que es lo peor de todo- incapaz de reconocer sus propias carencias y errores empequeñece al fenomenal analista del que gocé a lo largo de varios años como oyente de radio. Tanto, que en algún punto de mi conciencia como consumidor de fútbol me siento profundamente estafado.

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Se juega como se vive (Juan Fazzini tiene razón)

 

Entrenadores

Huracán y Vélez, los dos mejores equipos del semestre, definen el Clausura.

No sé si él ha sido quien acuñó la frase. Pero, sin dudas, es quien la instaló en los medios de comunicación. Yo la descubrí escuchando seguramente Competencia, el gran programa vespertino que Víctor Hugo Morales tenía cada tarde en Radio Continental de Buenos Aires. Allí, delante de los micrófonos de la que por entonces era la mejor tertulia deportiva de Argentina, el periodista Juan Fazzini siempre encontraba el momento exacto, el ejemplo perfecto para explicar que al fútbol -y tal vez a cualquier otro deporte- “se juega como se vive”. Conocedor de la idiosincracia de los pueblos a través del fútbol, el Tano es capaz de sacar a la luz los rasgos indentificatorios, distintivos -cada vez más difíciles de encontrar- que aún permiten que nos explayemos sobre, por ejemplo, las diferencias genéticas entre el balompié que se practica en Europa del sudamericano.

Se juega como se vive. La Sâo Paulo industrial, motor económico de la potencia sudamericanal, suele tener equipos de fútbol mucho más ordenados, menos líricos que los que residen en Río de Janeiro. “Si la Volkswagen cierra, se para Brasil”, se decía hasta no hace mucho tiempo en ese país, en referencia a la planta que la empresa de Wolfsburg tiene en las afueras de la megalópolis paulista. Sâo Paulo -el Estado, la ciudad- tienen por obligación producir, ese es el papel que les toca jugar dentro del engranaje social del gigante sudamericano. La Lombardía -un sitio que Fazzini conoce muy bien, ya que es su lugar de nacimiento- cumple en Italia el mismo papel que la región paulista tiene en Brasil. Milano, la capital lombarda, no puede darse el lujo de la pausa, del reposo. Sus equipos de fútbol tampoco.

Miles de ejemplos, miles de juegos mentales que el periodista de la voz ronca nos hace jugar de vez en cuando, cada vez propone dilemas como el de imaginar al Sâo Paulo FC de Muricy Ramalho defendiendo los mismos intereseses estéticos que un Internazioanle a las órdenes del comendatore José Mourinho. Espíritus e intenciones permutables y fungibles, sea que les toque jugar en San Siro o en el Morumbí.

Generoso, Juan Fazzini se prodiga en ejemplos y utilizaciones de su “se juega como se vive”, desde hace algunas temporadas ahora en la sintonía de La Red y dentro del equipo del mejor narrador del espectro argentino -Víctor Hugo está en el Olimpo, intocable… ya no compite con nadie-, Mariano Closs. Mundiales, Copas Libertadores, alguna Confederaciones, partidos amistosos de la Selección. Toda ocasión es buena para aplicar esta frase que divide aguas, que ayuda a poner las cosas en negro sobre blanco. La garra charrúa, la furia española, el fútbol champagne de los franceses, el catenaccio, y muchas otras etiquetas futboleras siempre encontraron una explicación lógica, conectada con la realidad, en boca de el Tano.

Sin embargo, no recuerdo ninguna definición memorable de Fazzini sobre el fútbol de Argentina. Ninguna aplicación del “se juega como se vive” en territorio propio. Seguramente ese análisis se ha hecho, lo he oído, y lo he olvidado. O lo he borrado de mi disco rígido probablemente. Es mi falta. Mi defecto. Argentina no es un país fácil de entender y uno -viva o no viva allí- es parte  de las contradicciones y de la tónica autodestructiva con la que, generación tras generación, se ha ido formando el caracter, la forma de ser de la gente de mi país. Una frase tan genial como “se juega como se vive”, que para mí es de alcance universal, no se puede quedar sin cobertura al llegar a Argentina.

Pero entonces, ¿Cómo se vive, y cómo se juega al fútbol en la tierra que hoy va a definir al campeón del Torneo Clausura 2009?

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Una platea en el Tomás Adolfo Ducó

 

Tras la goleada ante River, Huracán ha sido proclamado como el equipo "que mejor juega" en Argentina.

Hace muchos -pero muchos- años, uno tenía mucho tiempo libre y amigos ricos en contactos. Hace muchos años -sin trabajar en la sección de deportes de la entrañable emisora de la Avenida Santa Fe- uno se dejaba caer por la radio los sábados y domingos para colarse entre quienes hacían las transmisiones en una especie de viaje a lo desconocido. Un sábado la sufrida cabina de la cancha de Morón, y el domingo el premio de el Monumental. Un viernes por la noche el Amalfitani, y el domingo después del mediodía la inyección adrenalínica de la Bombonera.

Una época cargada de anécdotas, de momentos de los que apenas hoy -casi dos décadas después- uno comienza a sacar rédito emocional, una larga temporada de cenas en El Obrero, Chiquilín o en Las Cuartetas en las que había que callar y oir lo que un monton de gente que sabía (y sigue sabiendo, claro) tenía para decir sobre lo que se estaba cociendo en el fútbol de Argentina de ese entonces.

Me emocionaba pensar que en esas a veces demasiado retorcidas tertulias uno tenía el privilegio de poder espiar lo que la intelligentsia futbolera porteña tenía para decir. Dos narradores, dos plumas de Clarín y una de La Nación, un ex árbitro, y alguien que terminó estando muy involucrado en el anterior cuerpo técnico de la selección argentina eran los más ilustres miembros de este grupo itinerante, que se gastaba las horas discutiendo tácticas, nombres. cábalas, rumores e historias prohibidas e impublicables.

Dos décadas atrás esa tribu a la que se me permitía acceder como elemento complementario gozaba de un panorama futbolístico muy diferente al actual. Enormemente rico en talento en comparación con lo que hoy propone el Clausura 2009. Sin embargo, sigo imaginando a más de uno de esos personajes sentado por estos meses en las plateas del victoriano palacio Ducó, donde el campeonato argentino deja entrever jornada a jornada los dos cantos antagónicos de su filo.

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