Todo un palo

 

A minutos de Times Square, con varios raros peinados nuevos, y muchas ganas de gustar. Así se presentó anoche el futuro del fútbol mundial. O el futuro de la selección de Brasil, que a veces es lo mismo. La generación 2014 -la que está prácticamente obligada a bordar la sexta estrella en la camiseta amarilla- es una orquesta que aún no afina tan bien como el afiatado equipo de Dunga, pero que bajo la inspiración de su nuevo cuerpo técnico toca melodías reconocibles, que todos queríamos escuchar desde hace tiempo. El narrador de la televisión estadounidense cerró su labor diciendo que hay que comenzar a temer a este nuevo Scratch. No puedo asociar fútbol con temor, me niego a hacerlo. Pero sí creo que el futuro aterrizó anoche en New Jersey. “Todo un palo”, como dirían los Redonditos de Ricota.

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Single Ladies (Seara)

 

Robinho, Ganso y Neymar -las tres figuras del Santos, el equipo que mejor fútbol ha practicado en Brasil desde el inicio de 2010- emulan a Beyoncé en este spot de tintes mundialistas para Seara, uno de los gigantes de la industria vinculada a la alimentación en ese país.


El calibre

 

Vivo saber sin saber hasta cuándo estaré vivo
Sin saber el calibre del peligro
No sé de dónde viene el tiro.

¿Por qué caminos vas y venís?
¿A qué lugares nunca vas?
¿Y en qué esquinas nunca te detenés?
¿A qué hora nunca salís?
¿Hace cuánto tiempo sentís miedo?
¿Cuántos amigos ya perdiste?
Refrigerado viviendo en secreto
Y aún así decís que no es tu problema.

Y la vida ya no es más vida
En el caos nadie es ciudadano
Las promesas fueron olvidadas
No hay estado, no hay más nación
Perdido en cifras de guerra
Rezando por días de paz
No ves que tu vida aquí se cierra
Con una corta nota en los periódicos.

“El Calibre” (Herbert Vianna / Os Paralamas do Sucesso)

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Deconstructing Robinho

 

Brasil, Mundial 2010

El Rey de la Bicicleta. El soldado incondicional de Dunga. El mejor producto de la academia de Vila Belmiro desde Pelé en adelante. El fantasista que jamás terminó de cuajar en el Real Madrid. El de los cuarenta preservativos. El internacional más querido por la afición de Brasil en los últimos años. El enfant terrible que se marchó ofendido y en medio de la indiferencia del público español. El adolescente que quería ser una de las grandes R de la historia del Barcelona y sumarse al club de Romário, Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho. El crack que quería tomarse revancha fichando para el Chelsea y tuvo que conformarse con ser el antojo de un nuevo rico de la Premier. El hechicero de la ginga endemoniada. El hombre que vivió 41 angustiantes días cuando secuestraron a su madre. El juguete roto que no acepta no ser un fijo en el once titular del Manchester City. El fichaje conflictivo rechazado por el vestuario más sólido de Europa. El nostálgico que cree que solo puede reconducir su carrera regresando al Santos.

Robinho ha sido, es, y continuará siendo percibido en infinidad de modos diferentes a uno y otro lado del Atlántico. Su más que posible regreso al fútbol de su país en los próximos días significará un notable retroceso en su carrera para muchos analistas, y probablemente estén en lo cierto. Su salida del equipo de Roberto Mancini incluso podría equivaler al punto final de la experiencia europea para el extremo que cautivó a medio mundo cuando dictó cátedra de malabarismos en su debut con el Madrid frente al Cádiz. Si su confesión a Rádio Bandeirantes debe traducirse como un punto de inflexión -el que inicia la trayectoria descendente- en su foja de servicios, me gustaría reflexionar sobre lo que Robson de Souza ha significado hasta ahora para el fútbol mundial.

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