
Pocos meses después de haberse despedido de la afición quemera, Ángel Cappa se apresta a desembarcar nuevamente en Buenos Aires. En esta oportunidad para hacerse cargo de River Plate, un grande del fútbol mundial que necesita cuidados intensivos. No solo para volver a sus momentos de grandeza, sino para escapar -por increíble que parezca- a la posibilidad de perder la categoría.
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Algo más tarde de lo habitual -la ceremonia de la entrega de los Oscar y algunos compromisos familiares me han mantenido ocupado hasta ahora- aquí está el decálogo facial de esta semana. (más…)
He de confesar que se me hace muy difícil escribir sobre fútbol por estas horas. Por deformación profesional -consecuencia de haber trabajado durante muchos años en redacciones de diversos servicios de noticias- o por puro y duro estado de ánimo, lo que está pasando en Chile me parece infinitamente más trascendente. Pero el balompié -un entretenimiento, en el fondo- puede servir en momentos como este para mitigar el dolor o la angustia, sin perder de vista lo realmente importante. Como dice mi amigo Lama, intentemos divertirnos por un rato hablando o especulando sobre el mundo del fútbol, que también ha querido solidarizarse con las víctimas del cruento terremoto que ha afectado con violencia al pueblo chileno.
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El fútbol que se ha jugado en Argentina en los últimos quince años no puede explicarse sin la mención de los nombres de los entrenadores más influyentes que ha tenido la competición local recientemente: Ramón Díaz, Marcelo Bielsa y Carlos Bianchi.
El Pelado destacó (y, en menor medida, lo sigue haciendo) por su excelente gusto a la hora de elegir a los integrantes de sus equipos, por ser uno de los directores técnicos que más oportunidades ha dado a los jugadores de las divisiones inferiores (Ramón ha hecho debutar en primera división a muchas de las estrellas que River Plate ha dado al mundo del fútbol en los noventa y durante la primera década del siglo XXI), y por insuflar a sus equipos de un espíritu ganador a prueba de casi cualquier adversidad. El riojano -una especie de José Mourinho a la argentina, dueño de una de las lenguas más afiladas del Cono Sur- jamás ha dejado indiferente a nadie. Idolatrado por la casi totalidad de la masa millonaria y resistido -por ser suaves- por xeneizes y el resto de la comunidad futbolera argentina.
El Loco, primero con Newell’s y luego con Vélez, demostró que con equipos carentes de nombres rutilantes se puede llegar al máximo nivel del fútbol sudamericano, en base al trabajo metódico y al estudio y la innovación táctica, una asignatura pendiente para los entrenadores argentinos y latinoamericanos en general. Muy pocos -Manuel Pellegrini, Héctor Cúper, Luiz Felipe Scolari, Vanderlei Luxemburgo- han alcanzado recientemente cierto grado de reconocimiento internacional y han estado el frente de proyectos importantes en Europa. Bielsa -que tuvo un brevísimo paso por la liga de España antes de ser nombrado seleccionador de Argentina- es el director técnico más innovador que ha dado el balompié latinoamericano desde la irrupción en los años setenta y ochenta de nombres como los de Telé Santana, César Luis Menotti, Francisco Maturana y Carlos Salvador Bilardo. Tras una paradójica gestión de la Albiceleste -realizó una de las mejores eliminatorias de toda la historia, y pocos meses después quedó eliminada en la primera ronda de la Copa del Mundo de 2002- el corazón leproso de MB se llamó a silencio. Un ostracismo que rompió cuando fue contratado por la federación chilena antes del inicio del proceso de clasificación a Sudáfrica 2010. Al frente de una rica y muy trabajada selección, Marcelo Bielsa -hoy por hoy el seleccionador con el sueldo más alto de América del Sur- vuelve a estar en boca de todos por conseguir, de momento, el acceso directo de la Roja al próximo Mundial.
Pero, sin menospreciar la producción y la foja de servicios de Díaz, Bielsa, o cualquier otro director técnico que haya actuado en los últimos tres lustros en Argentina, la huella más profunda, el palmarés más valioso, la sombra más larga es la de Carlos Bianchi, el Virrey.
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