enero 25, 2010 Brasil, Mundial 2010
El Rey de la Bicicleta. El soldado incondicional de Dunga. El mejor producto de la academia de Vila Belmiro desde Pelé en adelante. El fantasista que jamás terminó de cuajar en el Real Madrid. El de los cuarenta preservativos. El internacional más querido por la afición de Brasil en los últimos años. El enfant terrible que se marchó ofendido y en medio de la indiferencia del público español. El adolescente que quería ser una de las grandes R de la historia del Barcelona y sumarse al club de Romário, Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho. El crack que quería tomarse revancha fichando para el Chelsea y tuvo que conformarse con ser el antojo de un nuevo rico de la Premier. El hechicero de la ginga endemoniada. El hombre que vivió 41 angustiantes días cuando secuestraron a su madre. El juguete roto que no acepta no ser un fijo en el once titular del Manchester City. El fichaje conflictivo rechazado por el vestuario más sólido de Europa. El nostálgico que cree que solo puede reconducir su carrera regresando al Santos.
Robinho ha sido, es, y continuará siendo percibido en infinidad de modos diferentes a uno y otro lado del Atlántico. Su más que posible regreso al fútbol de su país en los próximos días significará un notable retroceso en su carrera para muchos analistas, y probablemente estén en lo cierto. Su salida del equipo de Roberto Mancini incluso podría equivaler al punto final de la experiencia europea para el extremo que cautivó a medio mundo cuando dictó cátedra de malabarismos en su debut con el Madrid frente al Cádiz. Si su confesión a Rádio Bandeirantes debe traducirse como un punto de inflexión -el que inicia la trayectoria descendente- en su foja de servicios, me gustaría reflexionar sobre lo que Robson de Souza ha significado hasta ahora para el fútbol mundial.

