Postales de Abu Dhabi

 

La final del Mundial de Clubes que se ha disputado ayer ha dejado algunos momentos memorables. Las lágrimas de Pep Guardiola. El “No me toqués” de la Brujita Verón al funcionario de ceremonial de la FIFA, antes de que se le entregara el Balón de Plata del certamen. El grito desaforado -como nunca antes- de Leo Messi al convertir el gol de la victoria culé. Y la compostura -llena de emoción- del caballeresco Alejandro Sabella, bancando una de las derrotas más dignas de las que yo tenga memoria.

Lo primero que quiero destacar es el gran partido que ha hecho Estudiantes de La Plata. Un equipo que está a años luz del poderío económico, del potencial futbolístico real (ese que se ve cada fin de semana sobre el terreno de juego), y de las superestructuras de un transatlántico como el FC Barcelona, y que ha conseguido estar a la altura de su rival durante los primeros noventa minutos de juego, a tan solo ciento veinte segundos de reingresar a la historia grande.

El equipo pincharrata llegó -como casi siempre llegan los cuadros latinoamericanos a estas instancias frente a una potencia europea- menospreciado en la previa, reducido a poco más que una tribu de mercenario solo dispuestos a mutilar a la maquinaria de fútbol más perfecta del planeta.

Con mala saña o no la prensa deportiva española que ha cubierto este Mundial de Clubes quiso delimitar en la previa el terreno del club platense. Desde el prejuicio, el periodismo español imaginó (sin revisar la siempre asequible videoteca del fútbol argentino) que este Estudiantes haría honor al prejuicio con el que los británicos bautizaron a este cuadro como the Animals allá por el final de los sesenta, cuando bajo el mando de Osvaldo Zubeldía los jugadores de camiseta rojiblanca se cubrieron de gloria jugando tres Intercontinentales consecutivas.

Ayer la casta Animal ha estado presente, en cantidades industriales. Pero también estuvo el fútbol de alto nivel que Estudiantes es capaz de generar desde hace tres años a esta parte. El conjunto argentino se vació en la primera mitad, y eso casi le alcanza para ganar en una final al que (ganara o no) es el mejor equipo del planeta. Lo que Alejandro Sabella y sus jugadores han hecho en la exótica Abu Dhabi nos ha llenado de orgullo a todos quienes amamos al fútbol latinoamericano. Aún siendo objetivamente un equipo de condiciones inferiores, el León ha conseguido equipararse -y superar durante casi todo un encuentro- a una plantilla de ensueño como la barcelonista. El fútbol profesional es una gran y maravillosa mentira, y la final de ayer no ha hecho más que hacer buena esa frase que cada vez me acompaña más de cerca. No quiero llamarme a engaño, de todos modos. Soy consciente de que el próximo año -sean quienes sean los representantes de Sudamérica y de Europa- los mismos preconceptos, los mismos argumentos, la misma falta de rigurosidad informativa volverá a imperar. Es una auténtica lástima.

Un gran Estudiantes. Un gran Barcelona. Dos grandes entrenadores. Un líder-gurú en Juan Sebastián Verón. Un crack inconmensurable en Leo Messi. Jamás he visto al rosarino celebrar tan efusivamente un gol como lo ha hecho ayer. El tanto bien lo vale. Anotar como lo hizo ayer el argentino solo se puede hacer si uno es un genio en eso de jugar a la pelota. Y Lionel lo es. Cada vez más. Fue hasta un gol metafórico. Marcado con las costillas, casi como si fuera una respuesta irrefutable a aquellos que desde su país natal le acusan de pechofrío.

Messi ama al Barcelona. Messi es el Barcelona hecho carne. Messi siente a la camiseta blaugrana de una manera profunda, visceral, como tal vez jamás sienta a ninguna otra. Un gol como el de ayer -más allá del entendible fastidio que ha causado en la parroquia estudiantil- vuelve a marcar enormes diferencias entre el Messi culé y el Messi albiceleste. Las dos personalidades públicas de quien hoy es el mejor futbolista del mundo son tan abismalmente diferentes, han producido resultados tan dispares hasta el momento, que hacen entrar al aficionado y a la prensa de su país natal en estado de desesperación y frustración.

Messi -un genio- expone el dilema más grande de toda la historia del balompié argentino. Y solo él puede resolverlo. Solo él puede encontrar el camino para que la referencia lejana que el Pulga significa hoy para el hincha de la selección se convierta en una imagen cercana, capitalizadora de triunfos para el equipo hoy entrenado por Diego Maradona. El gol que ayer ha marcado ante Estudiantes le ha catapultado a una nueva dimensión. Ojalá que ese logro le ayude a superar las barreras propias y ajenas que de momento le tienen condenado a la mediocridad cuando viste de celeste y blanco.

1 comentario... agrega el tuyo!

  1. "Lama" - 21/12/2009

    También iba a escribir yo sobre esto, el grandísimo papel de Estudiantes y el metafórico gol de Messi.
    Uno no puede dejar de avergonzarse de la prensa de aquí, como desde columnas y radios, en un 90% habían dibujado un partido muy bronco y duro por parte de Estudiantes, como su única opción de plantar cara al Barça. Tristísimo.

    Ojo, también me gustaría que me confirmaras si, muchas de las fotos de las pintadas que han colgado en un par de diarios (imagino que ya sabes cuales son) son anteriores al gol de Messi y no una reacción por el tanto y la celebración.

    Saludos

     

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