
Joseph Blatter disfruta por estas horas de la hospitalidad mexicana. El presidente de la FIFA se deja adular por la federación, los propietarios de los equipos, y la mayoría de la prensa local. Su presencia es tratada como una visita de estado. Se inauguran instalaciones deportivas con su nombre. Es el animador principal de la ceremonia de presentación de la nueva camiseta del Tri. Estrena un estadio de última generación. La helvética humanidad de Sepp se emociona, casi hasta las lágrimas, al ver a los centenares de niños que acompañan a la comitiva oficial agitando banderitas y coreando su nombre. Se le nota feliz. Tanto, que hasta se atreve a decir que le gustaría ver a la selección de México alzando la Copa del Mundo.
Esta versión azteca de Bienvenido, Mister Marshall que Blatter vive esta semana sirve para poner punto final (o un prolongado punto y aparte) en la batalla dialéctica que desde hace años mantienen la FIFA y la FEMEXFUT. La competición mexicana podrá seguir disfrutando de la ilegal multipropiedad de equipos. Y la máxima autoridad del balompié a nivel global se guarda la carta de México como comodín en caso de que algún país desista o no alcance con los objetivos establecidos para organizar un Mundial. Como en tantos otros ámbitos de la vida, favor se paga con favor.
